Yo, cuando trabajo, colaboro y emprendo, pienso en una niña. Una niña cuyos padres viven en casi cualquier casa, en casi cualquier barrio. Una niña que come pan del día anterior, que no tiene ya su caja de cereales por la mañana, y que no prueba pollo o leche desde hace unos meses. Una niña que, gobierne quien gobierne, va a recibir una educación precaria en el cole: sabrá capitales, pero no lugares; conocerá una ideología a fondo (la que toque por ciclo político); no tendrá nociones de ninguna religión, ninguna de las que han regido (para bien y para mal) el destino del mundo hasta hace unos pocos decenios; no sabrá lo que significa decenios... Las carencias de su educación son el fruto del traspaso de competencias entre su casa y el colegio. Sus padres, sus madres, o su padre y su madre, no serán capaces, en ningún momento, de suplir las carencias del sistema educativo: porque no las conocen, o porque no están preparados para ello.
Cuando trabajo, colaboro, emprendo o estudio, pienso en una niña. Una niña que, cuando sea mayor, vivirá el imperio indo-chino, igual que nosotros vivimos el democracia-americana-por cojones- imperio. Pasará mejores y peores momentos, pero seguro que más calor y frío; tendrá más alergias y sufrirá más enfermedades. Pasará sed.
Cuando pienso en esa niña veo claramente la imposibilidad del cambio a corto plazo. Veo que, con la pseudodemocracia que tenemos, "todo cambia para que nada cambie". ¿Quién va a cambiar esto?, ¿La derecha que casi pide la abstención? ¿O la izquierda que fomenta el voto con fines partidistas?. Desde luego, vaya tela.
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